¿Moderno o Posmo? (Tim Keller)

En el pasado, muchos de nuestros conciudadanos podían entender una predicación cristiana tradicional aún cuando su respuesta pudiera ser de desacuerdo o de indiferencia. Sin embargo, durante los últimos quince años nuestro mensaje es recibido con una creciente y desconcertante incomprensión o [incluso] hasta indignación. Hasta hace [justo] una generación atrás, en los Estados Unidos la mayoría de adultos  tenían unas intuiciones morales muy parecidas, independientemente de que fueran creyentes nacidos de nuevo, gente que [simplemente] iba a la iglesia, cristianos nominales o no creyentes. Todo esto ha cambiado.

Muchos han descrito el cambio que se ha producido en esta última generación como “el giro postmoderno.” La era “moderna”, nos dicen a menudo, estaba caracterizada por una confianza en la racionalidad, la ciencia y la búsqueda de un gran orden social al que accederíamos a través de [la educación] por medio de las instituciones académicas y de [la tutela] de la nación-estado. La era postmoderna está marcada por el pluralismo, una pérdida de confianza en lo racional, un deseo por la experiencia, y demás.

A pesar de todo, recientemente he estado leyendo algunos autores que piensan que esta manera de describir las cosas no aclara demasiado lo que está pasando. La opinión es que el término “postmoderno” acentúa exageradamente la discontinuidad con el pasado más reciente y [por lo tanto] falla a la hora de ver que sí hay continuidad. [Lo que estos autores] proponen es que lo que tenemos hoy no es tanto un distanciamiento de los patrones de vida y pensamiento modernos, sino más bien una intensificación de estos mismos patrones en tanto que han logrado penetrar aún más si cabe nuestras instituciones. Estos pensadores prefieren hablar de modernidad ‘tardía’ o incluso de modernidad ‘líquida’, por las siguientes razones.

La idea básica en la raíz de la modernidad (aún más fundamental que la confianza en la racionalidad, etc.) es ‘poner patas arriba’ toda autoridad fuera de uno mismo. En el s. XVIII, los pensadores de la Ilustración Europea insistieron en la idea de que la persona moderna debía cuestionar toda tradición, revelación y autoridad externa sujetándolo todo a la suprema corte de su propia razón o intuición. Somos nuestra propia autoridad moral.  

A pesar de ello, la sociedad moderna continuó estando dominada durante un largo período de tiempo por [todo un conjunto de] instituciones relativamente estables.  La gente todavía podia encontrar la raíz de su propia identidad en gran medida en la familia y el clan, en comunidades cívicas de ámbito local y en su trabajo o vocación. Ahora, sin embargo, incluso estas instituciones [sociales] parecen estar [dejando de ser el referente que una vez fueron], desgastadas por el “ácido” del principio moderno que antepone frente a cualquier otra cosa la felicidad individual y la autonomía personal.  Matrimonio y familia, trabajo y carrera, vecindario y comunidad cívica – ninguna de estas instituciones tiene ahora la suficiente autoridad o estabilidad para que los individuos dependan de ellas. La gente vive vidas cada vez más fragmentadas, ya no piensan sobre sí mismos en términos básicos del que ocupa un rol en la comunidad (“cristiano, padre, abogado.”) En lugar de ello, su identidad cambia constantemente de forma, a medida que van pasando por una serie de episodios en la vida que no están lo suficientemente interconectados entre sí. No tienen ningún problema a la hora de cambiar de rumbo y abandonar compromisos, sin apenas alterarse lo más mínimo, y emprender de nuevo la búsqueda de la mejor oportunidad que se les presente; todo ello siempre en base a una evalución muy personal de las pérdidas y beneficios que eso conlleve.

Por ejemplo, el nuevo libro de Christian Smith, Souls in Transition (Oxford, 2009), retrata el perfil de las creencias de los jóvenes entre 18 y 23 años de edad. En una entrevista con Ken Myers en Mars Hill Audio, Ken explica cuantas veces al hacer entrevistas y preguntar a la gente si sus convicciones morales (siendo algunas muy firmes) eran principalmente sentimientos subjetivos o realmente constables con la realidad, lo que se encontró es que muchos ni tan siquiera podían entender qué es lo que les estaba preguntando.

El hilo que permite ligar todo esto es lo inconcebible que ha llegado a ser la idea de un orden moral basado en una autoridad más fundamental que la propia razón o la propia experiencia. Este era el principio básico en la raíz de la Ilustración, y ésta es la piedra angular de la última generación. ¿Cómo podemos decir entonces que se ha acabado la Ilustración?  

Por supuesto, podemos utilizar el término "post-moderno" para referirnos a muchos aspectos de nuestra vida ahora en el mundo. Por supuesto, existe discontinuidad en muchos aspectos con el pasado más reciente. Pero, mi conclusión es que acentuar con demasiado énfasis el aspecto “post” de nuestra situación puede llevarnos a celebrar la más grande de las tolerancias, el fin de la “Cristiandad”, la caída de la Razón-con R mayúscula, y la apertura a lo espiritual, sin ver que todo ello encuentra su base en una especie de hiper-modernidad que tal vez sea más incompatible con el cristianismo de lo que nunca lo ha sido hasta ahora.

Tengo la suficiente edad como para haber visto tanto la oposición que la modernidad en su punto más álgido presentó contra el cristianismo, como la oposición que la modernidad ‘tardía’ o postmodernidad supone para el cristianismo. En las dos situaciones hay oportunidad y dificultad a partes iguales. En ultimo término, no prefiero uno u otro escenario para llevar a cabo mi ministerio, pues creo que la continuidad entre estas dos épocas es más fundamental que la discontinuidad.