La predicación descentralizada

[This was originally posted on Xavier's blogand includes a translation of the original blog by Al Barth.]

Ayer por la noche llegué a Barcelona, después de tres días intensos de reuniones en Madrid. Aunque el clima más seco de la meseta sur hace el calor de esta época del año más llevadera, con temperaturas como las que estamos empezando a experimentar ya estos últimos días… no hay nada como vivir en una ciudad a orillas del mismo mar Mediterráneo.

En fin, los tres días que he pasado en Madrid he estado acompañando a Al Barth, de quien creo que ya he traducido algún artículo en este blog o en el blog de City to City. El motivo de su visita ha sido continuar explorando posibilidades de colaboración con ministerios locales que coinciden con los énfasis característicos de City to City, en su deseo de ver cómo en las principales ciudades del mundo (y especialmente de Europa) se van desarrollando lo que podríamos llamar “ecosistemas impregnados del evangelio” (algo que seguramente explicaremos en otra entrada) en cuyo centro se encuentre la plantación de iglesias que de forma efectiva respondan a las necesidades del contexto urbano con una manifiesta fidelidad al evangelio, a la vez que aprecien y muestren una especial sensibilidad a la cultura de la ciudad en medio de la que pretenden llevar a cabo su ministerio.

En esta entrada, podéis leer la traducción y adaptación del último artículo que Al Barth ha escrito en el blog de City to City. Se trata de una reflexión sobre lo perjudicial que resulta el culto a la personalidad sobre la que se construyen y proyectan muchas iglesias y ministerios hoy en día. Barth habla de ello desde la perspectiva del púlpito o ministerio de la predicación y lo denuncia como un fenómeno que se da especialmente en los Estados Unidos, pero lo cierto es que también afecta a muchos otros países en América Latina o en Europa.

Creo que es una muy  oportuna reflexión, sobre todo teniendo en cuenta de quién proviene, pues Al Barth forma parte del equipo de Tim Keller, uno de los predicadores con mayor proyección en estos momentos; a quien seguro que todavía muchos españoles o latinos todavía no conocen o no han oído hablar de él, pero que sin duda se beneficiarán (si es que no lo están haciendo ya) de la importante y fresca aportación con la que este pastor está contribuyendo al ministerio de la iglesia que quiere ser relevante para los hombres y mujeres de una sociedad profundamente secularizada.

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En Norte América tenemos una fascinación enfermiza con los predicadores “súper estrella.” Levantar una iglesia (o un movimiento) alrededor de un pastor/predicador súper estrella tiene un riesgo implícito y genera una serie de problemas. Enumeraré unos cuantos:

1. El pastor o predicador súper estrella a todos los efectos acaba siendo alguien que no rinde cuentas a nadie aunque él mismo se someta de forma voluntaria a un grupo de hermanos. En el peor de los casos acaban siendo incontrolables. La cosa va bien mientras que el hombre sea humilde y permanezca humilde. Pero las tentaciones para perder esa humildad son casi irresistibles.

2. Una dieta continua a base de la predicación de un sólo hombre, la perspectiva de un solo hombre y su única manera de acercarse y aplicar el texto, aún cuando sea excelente, no es saludable. Tener un filete de ternera para cada comer cada día y en cada comida del día, al principio puede sonar estupendo, pero al cabo de tan sólo unos pocos días  empezaremos a sentirnos mal.

3. Depender sólo de un predicador, incluso en el mejor de los casos, inevitablemente acaba promoviendo más al hombre que al mensaje. Curiosamente, la misma Palabra puede dejar de ser el centro de atención y en su lugar serlo el predicador o la manera particular en la que sea presentada.

Hace varios años, quedé fascinado al descubrir la manera en la que se planteaba la predicación en una importante iglesia de Londres (una iglesia, por cierto, conocida a lo largo de todo el Reino Unido por su ejemplar ministerio de la Palabra). En lugar de tener a un solo hombre que dominara la predicación en la iglesia, tenían a cuatro predicadores  que compartían por igual la responsabilidad del púlpito. Por aquél entonces cada uno de los cuatro predicadores preparaba una serie de sermones que, de forma programada, procedían a predicar en las varias reuniones que la iglesia tenía a los largo de la semana—domingos por la mañana, domingos por la tarde, los martes al mediodía y los jueves también al mediodía, cada uno en su turno y utilizando el sermón por lo menos cuatro veces. Al hablar de ello con el rector de la iglesia, me referí a ese planteamiento como “platooning” (predicar en pelotón). El rector rió entre dientes y me dijo: “Os lo dejo a vosotros, americanos. Tenéis una habilidad especial de ponerle nombre a todo.”

Lo hermoso del sistema era que, aunque uno de los cuatro predicadores era (y todavía es) el rector de la iglesia (y definitivamente el líder), en lugar de enfocarse en aspectos como la personalidad del predicador, lo que el sistema hace es elevar la centralidad de la misma Palabra. La gente en la congregación tenían la certeza de que, independientemente de quién predicara, iban a escuchar una buena exposición de la Palabra en cada una de las reuniones de la iglesia. No venían a escuchar a ninguno de los cuatro predicadores en particular; venían a escuchar la Palabra. Interactuaban no tanto con lo que el hombre decía, sino con lo que Palabra decía.

Cometemos un grave error cuando centramos nuestra atención en el predicador en lugar de hacerlo en aquello que es predicado. Y me temo que esto es lo que [precisamente] estamos haciendo en los Estados Unidos. La iglesia es más débil en consecuencia. No hay un solo texto en el Nuevo Testamento donde veamos el fenómeno de un único predicador/pastor exaltado como ocurre hoy en día en los Estados Unidos. El único lugar donde vemos que Pablo alude un poco a esta idea es en 1 Corintios 1 y 3 donde censura la tendencia que algunos tenían de promover el culto a la personalidad del líder de manera que unos decían ‘yo sigo a Pablo’; otros ‘yo a Apolos’; y otros ‘yo a Céfas.’ Es el primero (y, por el hecho de ser el primero, tal vez el más grave) de los errores que Pablo trata en la carta. Lo importante es el mensaje de la Cruz, no los mensajeros y la forma ingeniosa que puedan tener a la hora de articular sus palabras. En el Nuevo Testamento siempre encontramos el ejemplo de un liderazgo compartido y, por consiguiente, también un ministerio compartido de la Palabra. En el ministerio, según nos lo presenta Pablo, los “predicadores” que formaban parte del equipo apostólico, parecían ser prácticamente intercambiables. Da la impresión que a penas importaba quién se ponía al frente de una determinada iglesia o por cuánto tiempo lo hacía. Era la centralidad de la Palabra en el ministerio de la iglesia lo que importaba, no quién trajera o presentara esa Palabra.

En nuestro caso, Tim Keller ha sido uno de los puntos más fuertes de Redeemer como iglesia. Pero, curiosamente, su punto fuerte como predicador genera también una cierta debilidad. (En la actualidad, para corregir esto, Redeemer está en transición hacia un modelo colegiado de iglesia con tres pastores principales en tres diferentes localidades). Es algo extraño tratar de discernir cuál es la mejor manera de sacar el máximo provecho de los líderes más capacitados que tenemos en la Iglesia hoy en día –a los que a su vez tenemos mucho más accesibles que en cualquier otro tiempo gracias a internet— y aún así no acabar deformando a la iglesia local, el lugar donde se supone que hemos de ser conocidos y discipulados en comunidad, en el proceso.

De ninguna manera es mi intención limitar el ministerio de aquellos hombres que están mejor capacitados en nuestras iglesias para el ministerio del evangelio. Por favor, entended que no es esto lo que estoy diciendo. Pero sí creo que en las iglesias más “normales” e incluso en aquellas que son nuevos proyectos, es sabio tener más de un solo predicador regular  y, de forma deliberada, formar equipos de predicadores y maestros que puedan manejar de forma correcta la Palabra en todas las situaciones [en la vida de la iglesia] en las que debería ser proclamada.