Predicando en una cultura secular 4: Apunta al Corazón (no a las emociones, ni siquiera a la mente)

Traducido del artículo original en inglés por Timothy Keller.

<<Parte 3: Predica a Cristo desde Cada Texto

Las afecciones vs. las emociones
Se ha dicho que el corazón no es tanto el centro de las emociones como el centro de control de la personalidad de uno, en donde tomas las decisiones sobre la dirección de tu vida. Nadie lo expuso en mayor detalle que Jonathan Edwards, y una de sus contribuciones más perdurables es susAfecciones Religiosas [Religious Affections]. En vez de aceptar la división típica occidental de la voluntad versus las emociones, Edwards le dio un lugar más central al corazón y habló de las “afecciones del corazón”, expresión con la que se refería a “la inclinación del alma” o lo que nos gusta o no nos gusta, lo que amamos o rechazamos.

Las afecciones están, por supuesto, relacionadas con las emociones, pero no son la misma cosa. Por ejemplo, sentimos la emoción del enojo cuando nos insultan, porque hemos puesto nuestra afección muy plenamente en nuestra propia reputación, elogio público o aprobación. Las afecciones son lo que Edwards llama los “ejercicios más vigorosos y sensitivos” del corazón, y en la Biblia a las verdaderas afecciones religiosas se les llama “los frutos del Espíritu” (Gálatas 5:22-26).

La contribución de Edwards es especialmente importante respecto a la unidad de las facultades. Él se negó a enfrentar el entendimiento con las afecciones. Las afecciones de gracia asoman solo cuando una persona posee un entendimiento espiritual de la verdadera naturaleza de Dios. En otras palabras, si una persona dice: “Yo sé que Dios se ocupa de mí, pero aun así estoy paralizada por el temor”,  Edwards respondería que no sabes en realidad que Dios te cuida, de otro modo la afección o confianza y esperanza se erigirían dentro de ti.

Práctico vs. Hermoso
Ahora podemos ver lo importante que es esto para los predicadores. Si Edwards está en lo correcto, no hay a fin de cuentas oposición alguna entre la “cabeza” y el “corazón”. No debemos suponer, por ejemplo, que si nuestros oyentes son materialistas ellos solamente tienen que ser exhortados a dar más. Aunque la culpa puede ayudar con la ofrenda del día, no alterará los patrones de vida de la persona. Si la gente es materialista y poco generosa, significa que no han entendido verdaderamente cómo Jesús, siendo rico, se hizo pobre por ellos. No han comprendido de veras lo que significa tener todas las riquezas y tesoros en Cristo. Significa que sus afecciones están haciéndolos aferrarse a las riquezas materiales como fuente de seguridad, esperanza y belleza. Por lo tanto en la predicación debemos presentar a Cristo en la forma particular que reemplace el control de las afecciones que están compitiendo. Esto nos lleva no solo a una argumentación intelectual sino a la presentación de la belleza de Cristo. Edwards definió al cristiano nominal como alguien que encuentra a Cristo práctico, mientras que un verdadero cristiano es el que encuentra a Cristo hermoso por lo que es en Sí mismo.

Este entendimiento afectó profundamente la propia predicación de Edwards. En uno de sus sermones él insistió en que “la razón por la que los hombres ya no consideran las advertencias sobre un castigo futuro es porque no les parece algo real”. Este era, para Edwards, el principal problema espiritual y el principal propósito de la predicación. El objetivo de nuestra predicación es no solo hacer la verdad clara sino hacerla verdadera. El Dr. Martyn Lloyds-Jones, en un artículo sobre cómo impactó Edwards en su vida, escribió lo siguiente:

El primer y principal objeto de la predicación no es solo dar información. Es, como dice Edwards, producir una impresión. Es la impresión en el tiempo lo que cuenta, aun más de lo que puedes recordar posteriormente. En este aspecto Edwards es, en un sentido, crítico respecto a lo que era una prominente costumbre y práctica puritana. El padre puritano catequizaba e interrogaba a los niños sobre lo que el predicador había dicho. Edwards, en mi opinión, tiene la verdadera noción sobre la predicación. No es primordialmente para impartir información; y mientras estás escribiendo tus notas puedes estar perdiendo algo del impacto del Espíritu. Como predicadores no debemos olvidarlo. Deberíamos decirle a nuestra gente que leyeran ciertos libros por su cuenta y obtuvieran información allí. El asunto de la predicación es hacer que tal conocimiento viva.

Traer las verdades de regreso al hogar 
Este concepto no es simplemente innovación por parte de Edwards. La Biblia en sí no es una serie de ensayos didácticos sino una enorme colección de diversas formas literarias: historia, poesía, drama, visiones apocalípticas, todas formas de traer las verdades al hogar, al corazón.

A modo de ejemplo, un tema bíblico recurrente es nuestra tendencia pecadora de “olvidar” al Señor y nuestra necesidad de “recordarlo” a Él, sus leyes y mandamientos. Este no es un tema de intelecto e información. El problema es que la información que ya conocemos se vuelve “irreal” para nosotros sin las continuas ceremonias de renovación del pacto.

En 2 Pedro 1:8-9 leemos que debemos crecer en  bondad, dominio propio, perseverancia, amabilidad y amor, y que la persona que no está creciendo en esto “se olvida de que ha sido limpiado de sus antiguos pecados”. Pedro no dice que la falta de crecimiento en el carácter es simplemente una falta de fuerza de voluntad o compromiso, ni tampoco aconseja a sus lectores que lo intenten con más fuerza. En cambio, les dice que han olvidado que fueron lavados de sus pecados. Esto no puede querer decir que la gente había perdido una conciencia mental de que habían sido perdonados. Debe querer decir, como afirma Edwards, que habían perdido el “sentido del corazón” del costo de la gracia. No era espiritualmente real para ellos, y no fueron afectados por esa verdad.

Un segundo ejemplo es el Salmo 103, el cual no es en realidad una oración sino más bien un sermón para el alma. David le habla a su propio corazón: “Alaba, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de sus beneficios”. David sabe que las glorias y los beneficios de la salvación se han vuelto irreales para su corazón. Sabe que tiende a olvidar. El Salmo 103 es un ejemplo de lo que 2 Pedro 1:8-9 dice que debemos hacer. Debemos predicarnos el evangelio a nosotros mismos. Debemos volver al evangelio y hacerlo real en nuestros corazones.

Enciende la imaginación
El objeto de la predicación no es agitar sentimientos sino iluminar la imaginación con la verdad. La imaginación o ilustración se refiere a la habilidad del predicador de evocar imágenes mentales en la mente del oyente. Por ejemplo, cuando usamos la palabra “justificación”, no se evoca ninguna imagen mental en la mente del oyente. Pero cuando hablamos de “nuestro abogado apelando a su obra consumada ante el tribunal de Dios”, hemos generado una imagen en la mente de la audiencia. Estamos encendiendo la imaginación y entibiando el corazón.  

En 2 Corintios 8 y 9, Pablo nos da un notable ejemplo de lo que hemos estado hablando. Él quiere que la gente dé una ofrenda para los pobres, pero no pone la presión directamente sobre la voluntad (“yo soy un apóstol y esta es su obligación para conmigo”) o la presión sobre las emociones (historias acerca de lo mucho que sufren los pobres). En cambio, Pablo vívida y memorablemente dice: “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos”. De este modo, los está llamando a recordar (“ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo”) y usa una imagen poderosa, trayendo la salvación de Jesús a la esfera de la riqueza y la pobreza. Después los lleva a una rememoración espiritual del evangelio que les pide que piensen en la costosa gracia de Jesús hasta que sean transformados en personas generosas por la belleza del evangelio en sus corazones.    

Si has estado predicando (o incluso escuchando sermones predicados) por bastante tiempo, sabes que no puedes apuntar al corazón del oyente sin que el evangelio haga su obra de nuevo en tu propio corazón cada vez que predicas. Llámate a recordar el evangelio; dirige el evangelio a tus propis afecciones primero y estarás bien encaminado para alcanzar a los demás.